No puedo...
Por unanimidad, el león fue nombrado Rey de la Selva. Al comienzo el digno cargo lo llenó de orgullo, pero a los pocos días se angustió. En todos los rincones estallaban crueles batallas entre sus súbditos. Nadie podía caminar con seguridad por los senderos. Al caer el sol, los animales se encerraban temblando en sus madrigueras. Muchas especies habían dominado el secreto del fuego y mantenían brasas ardientes dispuestas a quemar la selva si fuera preciso, aunque la mayor parte de sus habitantes perecieran. El Rey llamó al burro, su primer ministro y lloró amargamente junto a una de sus orejas. “Mi fiel súbdito, jamás tendré fuerzas para solucionar un problema tan enorme. ¡Vamos a la destrucción!” El burro, con gran esfuerzo, pensó. Luego dijo: “Venerado amo, si usted no puede resolver un problema inmenso, trate por lo menos de resolver un problema más pequeño, que esté al alcance de su poder. ¿Puede ordenar la selva entera?” “¡No!” “Trate entonces...