Veinte minutos de realidad...
Este es un articulo que transcribí de una edición de Selecciones del Reader's Digest, de 1947.
Leyéndolo no pude evitar pensar enlas 2 veces que tuve una experiencia similar, sólo que la mía duró segundos...
Alguno que otro la ha experimentado durante minutos, aunque muchos acceden a ella de forma inconsciente, o con consciencia alterada por drogas de diversos tipos, otros de forma consciente mediante la meditación, algunos lo hacen de forma involuntaria durante la noche, y al día siguiente lo recuerdan vagamente.
Podría pasarte por ejemplo durante una intervención médica, o presenciando algo terrible, o algo hermoso...en resumen: viviendo o presenciando algo que te saque del tiempo.
Y existen, por increible que parezca, personas en la historia del mundo, que vivieron y/o viven en ella durante años. son algunos de los que llamamos locos y algunos de los que llamamos sabios, o iluminados.
La mía fue simplemente observando bailar a una pareja de amigos la primera vez... la 2da cuando estuve a punto de ser parte de un accidente múltiple. Duraron segundos, pero no olvido esos segundos.
Creo, sinceramente, que ésta es la más importante de todas las experiencias que puede vivir un ser humano en su viaje por la vida en la tierra. Porque es en ella donde uno se hace consciente realmente del amor verdadero y absoluto, ó... si quisiéramos verlo de otra forma... donde el amor se apodera de ti.
Veinte minutos de realidad es uno de los artículos que se publicara en el Atlantic Monthly por su 90 aniversario. Publicado sin firma en 1916, este artículo motivó centenares de cartas de lectores por su riqueza de contenido que el paso del tiempo no ha menguado.
“El caso ocurrió aquél día en que me sacaron por primera vez en mi cama al aire libre de la galería del hospital.
Estaba yo convaleciendo de una operación que había sido muy torturante por lo dolorosa y pasaba por el decaimiento moral más profundo que había experimentado hasta entonces en mi vida.
En el negro abismo de la inconsciencia en que me sumía el anestésico, hubo un punto en que me pareció descubrir un espantoso secreto: No había Dios; o de existir, era un Dios indiferente a las congojas y agonías de los hombres.
Cuando rodaron mi cama a la galería, de ese decaimiento restaba sólo la huella invisible del temor. Era uno de esos días plomizos y tristes. Las ramas de los árboles se destacaban desnudas y negras sobre el cielo encapotado, los montones de nieve medio derretida tenían un desvaído tono gris. Frente a este cuadro tan común y deslucido se abrieron, sin embargo, mis ojos de manera enteramente inesperada a una nueva percepción de las cosas; y vislumbré por primera vez la hermosura que encierra la realidad.
Imposible me sería precisar en qué consistió este misterioso cambio, ni si sobrevino súbita o gradualmente. No fue que viese yo nada nuevo, sino que todo lo que tantas veces había visto -bañado ahora en una milagrosa luz desconocida – cobraba un nuevo aspecto, que es, según creo, el suyo propio y verdadero.
Veía por primera vez cuán hermosa – mucho más hermosa de lo que nunca podrán expresar mis palabras – es la vida entera.
Tampoco fue debido ese cambio a que, en momentos fugaces de exaltación, imaginara yo que todo en la vida encierra hermosura. Se debía a que abiertos los ojos de mi espíritu a la verdad, vi la hermosura que real y perennemente existe en todas las cosas, y entendí que el hombre, la mujer, el ave, el árbol, cuánto ser tenía ante mis ojos encerraba altísima trascendencia.
Una enfermera pasó cerca de mí. El viento, jugando con un mechón de sus cabellos, lo hizo ondear envuelto en la momentánea gloria del sol que asomaba por entre un desgarrón de nubes. Jamás había reparado yo en lo hermoso que es el cabello de una mujer. Un pequeño gorrión, se alzó de un vuelo a la copa de un árbol vecino. Sinceramente creo que sólo “al himno de luz que entonan las estrellas de la mañana y a los cantos de júbilo de los hijos de Dios” fuera dable expresar el gozo de las alas cuando vuelan.
No tengo yo palabras con qué pintar ese gozo, pero mis ojos lo han vivido.
En la gris sucesión de mis días, aquél me trajo el privilegio de hundir la mirada en las entrañas mismas de la realidad; de observar lo cierto, de contemplar la vida tal y como es en verdad: hechicera, mágica, hermosa, rebosante de júbilo, llena de indecibles tesoros.
Percibía un maravilloso ritmo que ocultaba algo superior a cuanto concibe el entendimiento. No llegaba a mis oídos música alguna; y sin embrago, todo parecía ajustarse con exquisita precisión a los compases de vasta e inaudible melodía. Cuanto miraba moverse en derredor mío, era rítmico hilo de estupendo conjunto. El ave que volaba batía las alas obediente a una oculta nota o acaso las alas mismas producían esa nota. Tal vez la Suprema Voluntad - que es suprema Armonía – dispuso que las alas de ese gorrión batiesen las alas en ese preciso instante.
¡Y la trascendencia de todo lo creado! No parecía sino que estuviese haciéndose patente a mis ojos la verdad de las palabras que un día dijera Cristo: que ni la hoja del árbol se mueve sin el conocimiento y la voluntad del Padre. El porqué de esa trascendencia no alcanzaba yo a entender. Si mi corazón hubiese sido capaz de escalar cumbres más altas habría comprendido entonces ese porqué. Aún hoy día el pensamiento me remonta en su vuelo a regiones en las que me creo a punto de poseer esa razón, que se me escapa en el mismo instante en que juzgo haberla poseído. Es como si la trascendencia de cuanto ser alienta en el mundo residiese no tanto aquí, entre nosotros, sino en apartada esfera. Todo en la creación responde a un designio y encierra un sentido que está más allá de nuestra comprensión presente. Así se preguntaba Milton:
“…What if earth be but the shadow of Heaven?”
¿…Y si la tierra fuese nada más que la sombra de los cielos?
¿Y si nosotros fuésemos solamente imágenes de nuestra propia realidad? ¿Y si lo que en nuestro ser hay de verdadero residiese más allá, en otra región, en el seno mismo de Dios? Aquella trascendencia cuyo porqué no se me ofrecía, provenía ciertamente de la relación que nos liga con el gran Todo. ¿En qué consistía tal relación? yo lo ignoraba. ¿Era de amor entre Dios y Su creación? En aquellos fugitivos, gratísimos momentos sentía yo, en verdad, que amaba a mi prójimo como a mi ser mismo. Diré más: escasamente tenía consciencia de mi propio ser… que se transfundía en ese amor, en todo lo creado, desde el árbol cuyas ramas movía el viento y las aves que veía volar en torno, hasta los seres humanos. Me poseía ese amor. Y ¿hubiera sucedido así de no ser el amor la esencia y el fondo de la Realidad?
Lo que me ocurrió, según conjeturo, fue que mi convalecencia produjo en mí un accidental esclarecimiento de la percepción. Acaso se nos ofrecería la vida a todos como yo la contemplé en aquellos instantes si desde nuestro nacimiento pudiésemos mirarla con los ojos abiertos.
Pero sucede que en nuestros primeros años vivimos tan atareados aprendiendo a andar por este mundo, que no nos sobra tiempo para simplemente mirar lo que nos rodea, y más adelante, cuando ya disponemos de tiempo para la admiración, nuestras impresiones del mundo han perdido su ingenuidad primera. Y la convalecencia, es en cierto modo, un segundo nacer a la vida; así devuelve a los cansados ojos del adulto el don de contemplar el mundo con mirada nueva.
No hubo en las emociones que despertaban en mí cuanto estaba viendo, ninguna que pudiese llamarse religiosa. Sin embargo, lo que refieren otras personas de la iluminación y el éxtasis, es de cuanto he leído, lo que más se acerca a lo que yo sentía.
Indudable parece que a toda emoción profunda le sea dado en ocasiones hacer perceptible a nuestra “mirada interior” la hermosura de la Realidad. Así obra el amor en algunas personas. También lo hace la contemplación de lo bello en la naturaleza, o la fiebre de la creación artística, que produce igual resultado en otras. Contra lo que supone la mayoría, no imagina el poeta lo que canta. Esa belleza extraordinaria de la que nos habla en sus versos es algo que efectivamente existe, que está ahí, entre nosotros, y que el poeta vislumbra en sus horas de inspiración, al igual que el pintor trata de plasmar en sus pinturas. Probable será que las emociones de orden más elevado, arrebatan momentáneamente el alma a regiones muy altas, y le dejan entrever aquella belleza para su admiración, pero para llegar a la cual le falta a nuestro espíritu: estatura. De Emerson es este pensamiento: “vivimos sumergidos en lo bello, pero nuestros ojos no ven claro”.
Tampoco hubo en las emociones que despertaba en mí aquél nuevo modo de ver la vida, ningún imperativo moral. En verdad, parecía que la esencia y el fondo de la Realidad abundasen más en lo bello y en la alegría que en una moralidad impuesta. Acaso sea superfluo en momentos de iluminación como estos, todo temor a errar o a pecar; pues tanto nos llenan la belleza y nobleza del destino humano, y tanto amor sentimos por todo lo creado, que el supuesto pecado es un punto menos que inconcebible.
Quizás algún día vuelva otra vez a descorrerse para mí el tupido velo gris de la apariencia… para que mis ojos vean de nuevo la Realidad.
Un día de verano, me hallaba en el jardín de mi casa, y ese velo fue adelgazándose hasta ser casi transparente. Soplaba una brisa tibia y yo sabía que al par de la brisa, el ímpetu juvenil y amoroso que reside en el corazón de la vida estaba jugando con las flores que había plantado. Solamente que no podía verlo. Pero estaba allí… y allí está siempre como música perenne que nos invita a ajustar nuestro paso a su compás. Así lo haríamos si pudiésemos ver las cosas tal como realmente son. Porque entonces, besando las manos del Destino, nos entregaríamos confiadamente en cuerpo y alma a la corriente de la vida.
He aquí por qué no siento ya temor alguno de lo que me aguarde más allá de la muerte. Aún suponiendo que no hubiera otra vida, esta misma que aquí nos ha sido dada es – si a nuestros pobres ojos no les falta luz para verla – lo bastante hermosa y amable para que no sea necesario buscarle compensación en la esperanza de un más allá. El paraíso está aquí mismo, cerca de nosotros, ante nuestros ojos, en esta tierra donde se afirman nuestros pies, y como el mar que en suplicantes olas llama a la ribera, implora a nuestro corazón… y nosotros, sordos y ciegos, nos negamos a escucharlo y a verlo.”
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