Parresiasta se necesita
Me tropecé con este articulo en el 2005,
lo copié pero no el nombre del autor, asi
que perdí la pagina. Debe estar aun en la red,
pero bueno, aqui lo dejo.
PARRESIASTA SE NECESITA
El
poder, la verdad y la cuestión del otro
La verdad no parece gustarle a
nadie…
“La
verdad no ofende ni teme…” reza un dicho popular.
Lamentablemente se ha demostrado ampliamente que decir la verdad puede ser muy
ofensivo y quien la dice no erraría en temer las represalias de quien se vea
puesto en evidencia a causa de los dichos del denunciante. Ni qué hablar si el
que dice la verdad está en inferioridad de condiciones con respecto al
denunciado. En ese caso aquél temerá perder desde algún bien material, el
empleo, la honra, el buen nombre, la libertad, la salud y hasta la vida.
“La verdad os
hará libres…”
porque su búsqueda compromete, esclaviza; en cambio al encontrarla se sabe, se
conoce, se entiende, se encuentra la libertad (o la muerte).
“La mentira
tiene patas cortas, la verdad siempre la alcanza” otro dicho
popular.
Pareciera
que muchas mentiras con patas cortas corren en las ligas mayores y la verdad
queda relegada a los últimos puestos. No sube al podio…
Entonces
nos preguntamos si sirve, si es útil, si es “conveniente” perseverar en la búsqueda
y defensa de la verdad pues parece que entraña demasiado riesgo; aunque sospechamos
que no buscarla y no defenderla sería más riesgoso aún.
VERDADES
SOBRE LA VERDAD
Verdad es, según el
diccionario:
La conformidad de las cosas con
el concepto que de ellas forma la mente.
Conformidad de lo que se dice,
con lo que se siente, o se piensa.
Propiedad que tiene una cosa de
seguir siendo lo que es, sin mutación alguna.
Juicio o proposición que no se
puede negar racionalmente.
Expresión clara sin rebozo ni
lisonja, con la que a alguien se le corrige o reprende.
Realidad.
“Decir de lo que es que es y de
lo que no es que no es, es lo verdadero” según palabras
de Aristóteles.
SABER
LA VERDAD Y
PODER DECIRLA
He ahí el principal problema:
Poder decir la verdad.
No sólo hay que saberla y
querer decirla. Hay que poder decirla.
¿Quién
puede decir la verdad?
La pregunta no es ociosa.
Hagamos un ejercicio de
imaginación: Vamos a suponer que una persona trabaja como secretaria de otra persona con
gran poder (económico, político, religioso, o todos a la vez). La secretaria sabe,
porque lo ve a diario, que su superior comete delitos gravísimos. Ella conoce
todos y cada uno de los movimientos de su jefe. También sabe que si lo denuncia
y va preso ella perderá su trabajo y aunque no vaya preso en cuanto sepa que
ella lo denunció, la despedirá. Para ella el trabajo es su única fuente de
ingreso y perderlo sería un grave problema sobre todo cuando es tan difícil
conseguir un nuevo empleo. Sin contar que si su jefe tiene algún grado de poder
hará todo lo posible para que nunca encuentre otro trabajo. Sabemos que eso es
posible. Entonces ¿puede decir la verdad? A primera vista parece que no
¿Estamos en un callejón sin salida? Aparentemente sí. ¿Cómo hacer para que la
verdad brille? Eso dependerá de la relación que cada uno tenga con la verdad.
LA
VERDAD ¿ES
UNA SOLA?
Un suceso ocurre de una sola
manera. No hay variedad en un hecho concreto. Si una persona mató a otra es eso
y nada más. No hay interpretaciones.
El problema viene cuando se lo
refiere, cuando se cuenta lo que pasó. Si “A” mató a “B” es así y punto. Pero…Que
si fue o no intencional. Si fue o no premeditado. Si fue casual. Se buscan los posibles
móviles. O cómo fue si es en el marco de un accidente. Podríamos escribir
cientos de páginas con todo tipo de consideraciones, pero baste decir que un
hecho se produjo de una sola forma y que lo que varía hasta el infinito es el relato
del suceso.
Creo que todos sabemos qué pasa
cuando se produce un choque de vehículos en la calle:
los testigos no logran ponerse
de acuerdo en casi nada. Cada uno narra lo que vio, o cree
que vio y los testimonios
difieren en cosas tan puntuales como el color del auto que huyó, o en qué color
estaba el semáforo.
Estas discrepancias pueden
inducirnos a creer que hay muchas verdades. No es así.
Hay muchos narradores que dan
sus versiones personales.
Habrá quien exagere, habrá
quien no vio bien y agrega datos y se olvida otros o los desconoce. No faltará
quien vio desde el balcón y tuvo un panorama amplio y general y el que lo vio
desde la vereda de un bar. Cada uno lo vio desde diferente ángulo y por eso quizá,
solo quizá, sus versiones difieren.
No es que el que brinda una
versión errónea miente a sabiendas, el caso es que tiene parte de la verdad. De
eso se desprende que cambiar el ángulo desde el que se ve, cambiar el punto de
vista produciría una nueva versión que, sumada a la anterior visión que se tuvo
podría ajustarse más a la verdad verdadera. Entonces el hecho en sí es: “A”
mató a “B”. Única, concreta e inequívoca verdad. Cómo, cuándo, por qué y para
qué, serán temas a considerar.
Este es un ejemplo sencillo y
muy concreto pero no siempre es así. En las relaciones humanas de carácter
social, familiar o laboral también existe el “peligro” de decir la verdad.
Ocurre que no se puede hablar de ciertos temas por el temor de herir a los padres,
o a los hijos, o a algún amigo, o a la pareja, a un hermano, o por el temor de perder
una amistad, un amor o un socio.
No cae bien decir la verdad.
Jamás le diríamos a un amigo o a amiga que el traje que se puso le queda horrible,
porque si se lo dijéramos seguramente sería, si no el fin de la amistad, un
cimbronazo muy fuerte que la haría tambalear, sobre todo si él o ella estan
convencidos que se ven geniales.
Este tema del vestido puede
parecer una frivolidad, pero si lo analizamos no tardaríamos en darnos cuenta
que una verdadera amiga, hablaría con verdad para que su amiga no hiciera el
ridículo con un traje inapropiado, que no le sienta o que es francamente feo. Pero
por lo general no nos animamos y dejamos a nuestra amiga mal vestida. Si nos importa
nuestra amiga le diremos la verdad aunque duela, aunque sea un peligro para nuestra
amistad. Pero no solo debe importarnos nuestra amiga. Para ser tan francos,
debe importarnos primero, decir la verdad y no poder aceptarnos como
complacientes o mentirosos.
Nunca olvidaré mi primera
experiencia contestando la verdad a algo que me fue preguntado. Yo había sido
invitada al cumpleaños de mi compañera de colegio (estábamos en primer año)
esta compañera era un poco dura para el aprendizaje (de hecho estaba repitiendo
el grado) y contaba con “maestra particular” quien estaba presente en dicho
cumpleaños. Esta señorita me preguntó cómo se desenvolvía la niña en los
avatares escolares y yo muy oronda y más lacónica respondí: “y… hay peores”.
Tardé muchos años en darme
cuenta por qué inmediatamente mi compañera y demás familiares, incluida la
“particular” a partir del momento de mi revelación me ignoraron olímpicamente y
me lo hicieron notar no dirigiéndome más la palabra por el resto de la reunión.
Yo hacía mi examen de conciencia y ésta se hallaba muy tranquila: yo había
dicho la verdad y con eso me bastaba, lo que no entendía era por qué todo el
mundo en esa malhadada fiesta, se había ofendido con mi respuesta tan sincera y
honesta.
Esta actitud de decir la verdad
aunque cause daño a quien la dice se denomina parresía.
Parresía es “Hablar
libremente”, “decirlo todo” sin ambigüedades y dejando de lado la retórica que adorna las
palabras y que puede atenuar el cabal sentido de lo que se quiere decir.
La retórica es una forma de
discurso en el que el el orador, no necesariamente cree en lo que está
transmitiendo con sus palabras. Puede estar diciendo verdad pero no
es una verdad que moleste.
El parresiastés, en cambio dice
lo que sabe que es verdad y como sabe lo dice. No intenta convencer a nadie, sólo
quiere transmitir lo que sabe que es verdad. Otra cosa a tener en cuenta es que
dirá la verdad aunque lo perjudique, aunque a su auditorio no le guste, aunque
parezca ofensivo. La esencia de la parresía es su carácter subversivo,
iconoclasta. El parresiastés enfrenta al poder pero también puede enfrentar al
amigo.
Muy esclarecedor resultará el
ejemplo de Sócrates Parresiastés.
La parresía socrática no solo
funciona respecto de la vida pública (“le vale” la acusación y la condena) sino
también respecto de las relaciones más cercanas, ya sean otros filósofos, maestros,
amigos, amantes, etc.
Para Platón, la amistad es un
espacio en el que Sócrates se construyó como alguien excepcional. Cuando Sócrates
le dice a su amigo Critón que no va a huir al ser condenado a muerte, porque
aceptó las leyes atenienses, el juicio, y ahora tiene que aceptar la condena,
esto descoloca totalmente a sus amigos, entre los cuales está, acaso
avergonzado, Platón.
Es probable que Critón haya
pensado que Sócrates siempre dijo que había que respetar las leyes, pero cuando
se tratara de él mismo… no lo llevaría hasta sus últimas consecuencias. Y aquí
Sócrates asume el riesgo de decepcionar a sus amigos al no hacer lo que
socialmente se esperaba que hiciera. Se arriesga a perder el cariño de ellos y
los deja en la situación de pensar a fondo qué harán con lo que él dijo o hizo.
Los obliga a comprometerse respecto de eso.
“Debemos ser un lugar de
descanso para nuestros amigos; pero un lecho duro, de campaña”
Ahora bien, una tal libertad de
decir la verdad en este mundo, inevitablemente tropieza con dificultades. De ahí
los nuevos significados que se van incorporando a nuestro término: valentía,
osadía, hablar abiertamente...
El parresiasta ¿qué dice? ¿La
verdad o lo que él cree que es verdad?
Dice Foucault que el
parresiasta dice la verdad porque sabe que es verdad. Es sincero y dice su
opinión. El parresiasta no duda de estar diciendo la verdad. Prueba de su sinceridad
es su coraje.
En el Nuevo Testamento la
palabra Parresía aparece 31 veces, y esta cantidad nos sugiere su importancia.
Por ejemplo, define el estilo de Jesús:
“Jesús les respondió: He
hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y
en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas”
(Jn.18, 20).
Jesús no fue un tibio reformista
ni un pragmático dedicado a “retocar” la sociedad de su tiempo. Más bien puso
en discusión los pilares sobre los que se sostenía Israel (Ley y Templo). Por
eso tuvo que ser percibido como un peligro por los sectores dominantes de esa
sociedad.
Tal vez por eso Jesús instruyó
a sus discípulos sobre el miedo con tanta insistencia. Y es que el miedo
incapacita para ser sincero. Porque aquí se trata de un camino peligroso. Difícil
en su andadura y difícil en su término, que puede ser la cruz. Todo aquel que priorice
la verdad, la sostenga, viviendo con coherencia entre lo que dice y lo que hace,
puede llegar a ser “crucificado”.
El principal escollo a vencer
es el miedo y agregaría que incapacita para cualquier empresa que se desee
acometer. Cuánto más si de decir verdades revulsivas se trata. Hay palabras que
describen un pueblo, una cultura, una institución, una generación o una persona.
La palabra que describe con
nitidez a Jesús es parresía: esa intrepidez de no ceder a los chantajes del
miedo y de expresar abiertamente la propia convicción en el discurso franco y
apasionado. Jesús enfrentó el poder, enfrentó a la sociedad de esos tiempos y
les gritó la verdad en la cara. Pero pensamos “y bueno, es Dios… él puede.”
Pero por más Dios que supuestamente
era ¿Alguien puede discutir que sus dichos y hechos lo llevaron a la muerte? Y
tampoco se puede negar que aunque le haya costado la vida produjo un cambio en la Historia y le dio a la Humanidad un nuevo
“código de convivencia” en el que priorizó el decir verdad con valentía y el
amar al otro como a sí mismo. Si hubiéramos perseverado en esa forma de vida,
si hubiéramos defendido la verdad y si hubiéramos amado al otro como a nosotros
mismos no hubiera sucedido lo que sabemos que sigue en la historia, la mentira de las instituciones religiosas, etc. etc.
El afán de parecer “bueno” no
exige, no reclama. Son muy escasas las personas que se hacen valer en la vida
diaria. La mayoría prefiere no decir nada, no meterse en problemas.
¿Quién puede decir la verdad?
el que prefiere correr el riesgo a sentirse mentiroso. Debe ser capaz de decir
la verdad aunque no sea necesario. Aunque no sea oportuno. Aunque irrite,
aunque duela.
Según Foucault, en “Coraje y
Verdad”:
“la parresía es una clase de
actividad verbal donde el que habla tiene una relación específica con la verdad
a través de la franqueza, una cierta relación con su propia vida a través del
peligro, un cierto tipo de relación consigo mismo o con otras personas a través
de la crítica (autocrítica o crítica de otras personas), y una específica
relación con la libertad y el deber.
Más precisamente, la parresía
es una actividad verbal en la cual el que habla expresa su relación personal
con la verdad y arriesga su vida porque reconoce que decir la verdad es una
obligación para mejorar o ayudar a otras personas (tanto como a sí mismo).
En la parresía, el que habla
usa su libertad y elige la franqueza en vez de la persuasión, la verdad en vez
de la falsedad o el silencio, el riesgo de muerte en vez de la seguridad, la
crítica en vez de la lisonja, y el deber en vez del propio interés y la apatía”.
Se hace difícil sostener esa
conducta, sobre todo por lo que se puede perder mucho a nivel personal, pero se
pierde más cuando por ocultar, callar y mentir, las cosas llegan a un punto
insostenible.
No ignoramos que es casi
imposible que una persona arriesgue todo por decir una verdad, y cuando digo
todo quiero significar familia, vida, trabajo, honra. ¿Quién iría gustoso al matadero
por defender algo tan intangible? Es más fácil mirar para otro lado y dejar que
todo siga igual, y que algún día en un futuro lejano, se aclare.
Cuando nos demos cuenta que nos
están mintiendo, expresémoslo y no suscribamos la mentira. Mejor aún: en
nuestro pequeño(o gran) lugar en el mundo digamos la verdad siempre. Empecemos
por decirle no al autoengaño que, según Nietzche, es la más común de las
mentiras.
Aceptemos sin enojos cuando nos
dicen una verdad por más que nos moleste; escuchemos esa verdad para obtener de
ella el beneficio de corregir una conducta equivocada o un defecto. El
beneficio será para nosotros y para quien nos la dijo porque fue valiente y
debemos respetar eso. Respetemos a quien es capaz de decirla y cuanto más
riesgo corra, más debemos escucharlo.
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