Primavera Portátil







Primavera Portátil


Aquellos dos tenían una flamante primavera portátil.
Ah, era muy divetido verlos cruzar la calle con aquel armatoste 
cubriéndolos como una pajarera o un enorme paraguas.

A veces resultaban francamente molestos. 
Como cuando viajaban en el subte por ejemplo, y le metían a uno 
un pedazo de octubre en las narices, sin pedirle disculpas para nada.

Otras veces en medio de una oficina pública, 
o en una exposición de filatelia, para dar otro ejemplo, 
se movían y hacían un incalificable desparramo de perfumes, 
glicinas, abejorros, pereza, cielos de no creer, o tontas palabritas 
que después iban y venían volando como moscas, 
hasta que se posaban muy orondas en algún portafolios.

Para colmo andaban contentísimos con su armatoste parecido 
a una campana o a una nube, y como hasta el mismísimo 
invierno se mostraba respetuoso y paciente frente a aquella 
absurda primavera portátil, los dos se creían que eran 
absolutamente inmortales.

Un buen día desaparecieron.
 
Según se cree, al final de un verano,
al armatoste le dio por seguir a una bandada de
golondrinas que se dirigía hacia el norte, 
y naturalmente arrastró a aquellos dos como
si se los llevara una cápsula géminis.

Otros en cambio dicen que el armatoste un día se esfumó, 
se derritió, se desarmó o algo así.

Que entonces los dos sintieron frío y se miraron
y se miraron largo tiempo, sin conocerse en absoluto. 
Y que tuvieron tanto miedo al verse así desnudos, extraños y mortales, 
que salieron corriendo, uno para un lado y otro para el otro, 
hasta que se perdieron nadie sabe dónde.



 .

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