Camíname, mamá!
“Digo
todas las cosas correctas,
no
sé lo que quiero decir...”
Sheryl Crow
No me acuerdo en qué categoría
entraba, pero una vez hubo un libro que leí que hablaba de algo interesante:
cómo interpretan los chicos las cosas que les dicen los grandes.
Literalmente, así las interpretan:
“¿Quieres dejar de jugar con los cubiertos, Pedrito?”, cree que ordena la
madre. Y Pedrito continúa jugando con los cubiertos, porque su respuesta es que
no quiere dejar de hacerlo. Qué
pregunta!!! además; los cubiertos son divertidos.
Lástima que en el camino hacia la
adultez vayamos perdiendo esa cosa literal y entremos en el juego de lo tácito.
Recuerdo que, cuando quería hacer algo y mi mamá me decía que no, y yo insistía
y mi mamá me volvía a decir que no, y yo volvía a insistir, mi mamá cerraba la
discusión diciendo: “Haz lo que se te dé la gana”. Pero lo decía en un tono tan
terminante y con una cara tan “culiforme” que yo entendía perfectamente el
espíritu de la cosa: aquello que yo quería hacer estaba prohibido.
Algo se perdió (¿o se ganó?) en la
siguiente generación. Una vez que mis padres se quedaron a cargo de mis
sobrinas, una de ellas, llamó desde el colegio para pedirles permiso para
faltar a una clase que tendrían en la tarde. Su abuelo le dijo que no, y ella
insistió, por supuesto. Y el abuelo usó el último recurso, el que no fallaba.
Mandó el “Haz lo que te dé la gana”. Ella desestimó el significado tácito, se
aferró al literal, y a la una de la tarde entraba en su casa portando una
sonrisa angelical.
Aparte de honrosas excepciones como
ésa, todos nos resignamos tristemente a aceptar que ciertas frases significan
algo bien diferente de lo que parecen decir a simple oído:
“Lo vamos a llamar”, en una entrevista
de trabajo, se traduce generalmente en un “espera sentado”.
Después está el “te llamo”, o sus
otras versiones, “nos vemos en la semana”, “nos hablamos”, y la versión
actualizada, “te mando un mail”, todo lo cual, en el mundo de la verdad, se
reduce (en modalidad bolero) a: “pasarán más de mil años, muchos más...”.
He aquí un clásico. Cuando uno oye
“creo en la justicia” todos sabemos, sin lugar a dudas, lo que el
funcionario/político/celebridad de turno quiso decir. Dijo que no sólo confía
ciegamente en ella, sino que además cuenta con la ineficacia de la justicia
para evitar ser condenado por su delito. Y en general tiene razón. Moraleja: es
bueno ser creyente.
Si lo primero que dicen de una persona
que le quieren presentar a otra para salir es: “Es buenísima gente”, todos
sabemos que no es precisamente una alabanza; es más bien una callada sentencia.
Pero no hay que preocuparse tanto
¿verdad?...A no ser que, decidan llamar por teléfono a alguna empresa y los
pongan en espera. En tal caso deberán preocuparse, porque aunque oigan “aguarde
un instante y será atendido”, lo que llegue a sus neuronas será algo así como
“pierda su tiempo y aguante todo lo que pueda o hasta que se corte la
comunicación; somos mensajeros de Dios, y Él nos mandó a probar su paciencia”.
Así somos los adultos. Patéticos.
Deberíamos tomar a los niños como
ejemplo. Deberíamos decir, como la hija de mi amiga: “camíname, mamá”, si
estamos cansados y queremos que nos carguen. Pero no, para nosotros los
adultos, que nos caminen suena a algo malo, y que encima nos carguen...En fin,
éstos han sido sólo algunos ejemplos del abismo entre lo que decimos... y lo
que decimos realmente. Seguramente ustedes no necesitan que alguien venga a
señalarles lo que ya saben, porque como todos ejercemos y padecemos esta
actividad a diario, siempre estamos en
guardia.
Este o tenía hace ufff! miles de años... no sé si es del blog antiguo de Hernán Casciari... del 2006 más o menos. O quizás de otro autor. Pero bueno, me encanta!
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