El peligroso vicio de preguntar
El peligroso vicio de preguntar
¿Qué vale más?
¿La experiencia o la doctrina?
Dejando caer piedras y piedritas
y bolas y bolitas, Galileo Galilei
comprobó que la velocidad es la misma
aunque el peso de los objetos sea diferente.
Aristóteles estaba equivocado,
y durante diecinueve siglos
nadie se había dado cuenta.
Johannes Kepler, otro curioso,
descubrió que las plantas no
giraban en círculos cuando perseguían
la luz a lo largo del día.
¿Acaso no era el círculo
el camino perfecto de todo
lo que gira?
¿No era el universo
la perfecta obra de Dios?
—Este mundo no es perfecto, ni mucho menos
—concluía Kepler—.
¿Por qué habrían de ser perfectos sus caminos?
Sus razonamientos resultaban sospechosos
para los luteranos y para los católicos también.
La madre de Kepler había estado cuatro años presa,
acusada de practicar brujerías. Por algo sería.
Pero él vio y ayudó a ver,
en aquellos tiempos de oscuridad obligatoria:
adivinó que el sol giraba en torno de su eje,
descubrió una estrella desconocida,
inventó la unidad de medida que llamó dioptría
y fundó la óptica moderna.
Y cuando ya se estaba arrimando
al fin de sus días, se le dio por
decir que así como el sol decidía
el viaje de las plantas,
las mareas obedecían a la luna.
—Demencia senil—
opinaron los colegas.
Eduardo Galeano
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