El último Encuentro
Un paseo por
El último encuentro
de Sándor Márai
Esto lo encontré navengando por ahí, hace un par de años buscando algo importante sobre la amistad y la confianza, y me gustó tanto que aquí lo guardaré.
"Márai vivió exiliado en Estados Unidos desde
1948 hasta 1989, donde acabó con su vida cuando ya había juntado 88 años. Sólo
unos pocos meses antes de la caída del muro de Berlín.
Esta novela, breve y fácil de leer, reflexiona
sobre uno de los vínculos más importantes que consiente la condición humana: la
amistad.
Ahora, en el ocaso de su vida, el protagonista
se reencuentra con quien fue su íntimo amigo, después de más de cuarenta años
sin verse por una traición que supuestamente el segundo infligió al primero.
Para lo que aquí interesa, basta con este
borroso bosquejo; lo esencial son las preguntas que se plantean ambos sobre qué
es la amistad y qué se le puede o debe pedir, e incluso si es legítimo esperar
algo de ella."
“Uno está convencido, y mi padre todavía lo
entendía así, de que la amistad es un servicio. El
amigo no espera ninguna recompensa por sus sentimientos. No espera ningún
galardón, no idealiza a la persona que ha escogido como amiga, ya que conoce
sus defectos y la acepta así, con todas sus consecuencias. Esto sería el ideal.
Ahora hace falta saber si vale la pena vivir,
si vale la pena ser hombre sin un ideal así.
Y si un amigo nuestro se equivoca, si resulta
que no es un amigo de verdad, ¿podemos echarle la culpa por ello, por su
carácter, por sus debilidades? ¿Qué valor tiene una amistad si sólo amamos en
la otra persona sus virtudes, su fidelidad, su firmeza?
¿Qué valor tiene cualquier amor que busca una recompensa?
¿No sería obligatorio aceptar al amigo desleal
de la misma manera que aceptamos al abnegado y fiel? ¿No sería justamente la
abnegación la verdadera esencia de cada relación humana, una abnegación que no
pretende nada, que no espera nada del otro? ¿Una abnegación que cuanto más da,
menos espera a cambio? Y si uno entrega a alguien toda la confianza, toda la
disposición y finalmente le regala lo máximo que un ser humano puede dar a
otro, si le regala toda su confianza ciega, sin condiciones, su confianza
apasionada, y después se da cuenta de que el otro le es infiel y se comporta
como un canalla, ¿tiene derecho a enfadarse, a exigir venganza? Y si se enfada
y pide venganza, ¿ha sido un amigo él mismo, el engañado? ¿Ves?, este tipo de
cuestiones teóricas me han ocupado desde que me quedé solo.”
“Porque en la vida de un hombre no solamente
ocurren las cosas. Uno también construye lo que le ocurre. Lo construye, lo
invoca, no deja escapar lo que le tiene que ocurrir. Así es el hombre. Obra así
incluso sabiendo o sintiendo desde el principio, desde el primer instante, que
lo que hace es algo fatal. Es como si se mantuviera unido a su destino, como si
se llamaran y se crearan mutuamente. No es verdad que la fatalidad llegue ciega
a nuestra vida, no. La fatalidad entra por la puerta que nosotros mismos hemos
abierto, invitándola a pasar. No existe ningún ser humano lo bastante fuerte e
inteligente para evitar mediante palabras o acciones el destino fatal que le
deparan las leyes inevitables de su propia naturaleza y carácter.”
¿Qué significa la fidelidad, qué esperamos de
la persona a quien amamos? Yo ya soy viejo, y he reflexionado mucho sobre esto.
¿Exigir fidelidad no sería acaso un grado
extremo de la egolatría, del egoísmo y de la vanidad, como la mayoría de las
cosas y de los deseos de los seres humanos?
Cuando exigimos a alguien fidelidad, ¿es acaso
nuestro propósito que la otra persona sea feliz? Y si la otra persona no es
feliz en la sutil esclavitud de la fidelidad, ¿amamos a la persona a quien se
la exigimos? Y si no amamos a esa persona ni la hacemos feliz, ¿tenemos derecho
a exigirle fidelidad?
Ahora, al final de mi vida, ya no me atrevería
a responder a estas preguntas, si alguien me las formulase. Pero, en fin, así
es el hombre, que incluso siendo inteligente y experimentado puede hacer muy
poco en contra de su naturaleza y de sus obsesiones.
Sobrevivir a alguien a quien se quiere tanto
es uno de los crímenes más misteriosos e incalificables de la vida. Los códigos
penales no reconocen este delito. Pero nosotros dos sí que lo hacemos….
He
visto la paz y la guerra, he visto la miseria y la grandeza, te he visto
cobarde y me he visto a mí mismo vanidoso, he visto la confrontación y el
acuerdo. Pero en el fondo, quizás el último significado de nuestra vida haya
sido esto: el lazo que nos mantuvo unidos a alguien, el lazo o la pasión,
llámalo como quieras.
¿Es ésta la pregunta? Sí, ésta es. Quisiera que me
dijeras —continúa, tan bajo como si temiera que alguien estuviera a sus espaldas,
escuchando sus palabras— qué piensas de esto. ¿Crees tú también que el sentido
de la vida no es otro que la pasión, que un día colma nuestro corazón, nuestra
alma y nuestro cuerpo, y que después arde para siempre, hasta la muerte, pase
lo que pase?
¿Y que si hemos vivido esa pasión, quizás no hayamos vivido en
vano? ¿Que así de profunda, así de malvada, así de grandiosa, así de inhumana
es una pasión?… ¿Y que quizás no se concentre en una persona en concreto, sino
en el deseo mismo?… Tal es la pregunta.
O puede ser que se concentre en una
persona en concreto, la misma siempre, desde siempre y para siempre, en una
misma persona que puede ser buena o mala, pero que no por ello, ni por sus
acciones ni por su manera de ser, influye en la intensidad de la pasión que nos
ata a ella.
Respóndeme, si sabes responder —dice elevando
la voz, casi exigiendo.
¿Por qué me lo preguntas? —dice el otro con
calma—. Sabes que es así.”
Págs. 183-185
.
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