El insoportable peso de la ley
El insoportable peso de la ley
...y
donde menos temí, en lo peor me vi.
João Guimarães
Rosa
¿Qué
probabilidades habrá? Repito, con los dientes apretados, ¿qué probabilidades
habrá de que, justo cuando la pista, que venía bien ancha y despoblada, se angosta
por causa de un quiosco de diarios en una esquina, y en eso aparezca una dupla
de viejitas del brazo que ocupan todo el espacio disponible?
Y
no sólo eso, ¿alguien me puede explicar qué probabilidades hay de que esto no
pase una sola vez, sino cada vez que
uno sale a la calle? ¿Y por qué son siempre dos viejitas bloqueadoras, y no una
sola? ¿Y por qué son siempre viejitas? Éstas, por obvias razones, quedan
exentas de insultos al paso y/o empujoncitos solapados, por lo tanto, no queda
otra que aguantarse doblemente: por el fastidio de tener que frenar y dejar
pasar, y por no poder hacer nada al respecto.
Pero
la perversidad se manifiesta de infinitas maneras, ataca por todos los flancos,
en los momentos más inesperados.
Si
no, ¿cómo se explica que, con todas las hojas otoñales que alfombran las veredas,
uno pise justo la que camufla un “detritus” canino?
¿Por
qué demonios, justo el día en que uno estrena un saco, le cae un “regalito” de
paloma en la solapa?
Ni
hablar de que se largue a llover precisamente cuando uno no tiene nada con qué
taparse. Y la perversidad manda que, en el pico del aguacero, uno se encuentre
en una cuadra sin aleros disponibles. Y si uno se cree afortunado al dar de
casualidad con una cuadra de buenos balcones protectores, entonces uno le hace
un mental “vete a la…” a la perversidad.
Error. El largo brazo de ésta te hace una más grande: le pone a uno en el
camino una serie de personas nefastas que, a pesar de ir con paraguas, acaparan
sin ningún derecho la protección de los aleros.
De
nada sirve huir de la calle para refugiarse en el hogar. Las cosas perversas
atraviesan muros y lo alcanzan a uno, siempre.
De
otro modo, ¿cómo se entiende que, justo cuando uno vuelve con las compras, y
justo cuando uno decidió traer botellas, se corte la luz y uno tenga que
arrastrarse en la oscuridad hasta el piso nueve?
¿Por
qué, alguien que me diga, por qué se corta la señal de cable en el momento en
que uno está por saber quién es el asesino?
¿Y
por qué esa misma maldita señal elige volver cuando empieza la siguiente
película, que, además de no ser interesante, ya fue pasada N veces?
¿Cómo
reaccionar, ante el chorrito desolador de agua apenas tibia de la ducha (aparte
de temblar a sacudones, como una lavadora mal instalada) justo cuando estás
enjabonado y con champú, y para rematar es el día más frío del año?
Como
es lógico, la perversidad ama a la tecnología, porque ésta le da un campo de
gran fertilidad donde desarrollarse. Propagarse es un término más exacto. Para
comprobarlo en carne propia, no hay más que prender la computadora. No importa
que uno esté alerta y tenga presente la lección de Joachim Graf: “Si
tienes un problema que te parece de fácil solución, entonces es que no te has
dado cuenta de su magnitud”. El tal problema, cualquiera sea su
magnitud, podrá con la paciencia de uno.
Graf
también aconseja: “Nunca permitas que un objeto mecánico sepa que tienes prisa”. Sin
embargo, por más despreocupado y relajado que uno intente mostrarse, la
computadora, esa perra, sabe oler la ansiedad. Y entonces: se cuelga.
Con
un impecable “tiro certero” que más de un humano le envidiaría, elige el
momento en que uno, además de prisa, tiene abiertos el procesador de texto, la
planilla de cálculo y el correo electrónico, en el cual justamente uno estaba a
punto de terminar un mensaje, que se perderá sin remedio al reiniciar a la
maldita.
Después,
cuando uno al fin logra conectarse, las cosas online sólo empeoran. ¿O qué
pensaban? Internet es el caldo de cultivo donde la perversidad está más feliz
que chancho en el barro: ahí se reproduce hasta el infinito. Como todo en
nuestro planeta, ella también se globaliza: hace estragos de Estambul a Alaska,
y todo sin moverse del servidor de uno.
De
otro modo, ¿a qué se debe que cuando uno, después de navegar por mares no
deseados, después de soportar en alta mar la calma chicha de un servidor
sobrecargado, al fin da con la página que tanto buscaba... salga “Esta página
ya no se encuentra disponible.”
¿Y
por qué, alguien que me explique, por qué la computadora decide por sí sola
finalizar la comunicación, justo cuando uno ya tenía bajado el 98 por ciento de
un programa o de un documento?
¿Y
cómo es posible que uno, en pleno uso de sus facultades mentales y con la
memoria aún intacta, pueda olvidar su propia contraseña? Porque ésa es la
acusación del cartelito que aparece cuando “no es posible establecer la
conexión”.
Según
la computadora, la culpa siempre es de uno, nunca de ella. Ahí es cuando uno
sigue al pie de la letra ese otro consejo de Graf: “No te dejes dominar por la furia irracional, toma un martillo más
grande”.
Pasada
la furia martillera, y mientras con escoba y pala junta fragmentos de discos duros,
pedazos de chips, teclas rotas y mouses aplastados, uno tiene oportunidad de
reflexionar y sacar conclusiones.
El
dictado popular “hecha la ley, hecha la
trampa” funciona en todos los casos, menos en uno.
No
sirve contra Esa Ley Infame, bajo cuyo peso insoportable sucumbimos todos,
aquella que sentencia que “cualquier
cosa que pueda salir mal saldrá mal”.
No
hay cómo escaparse de ella, pero lo conmovedor es que a pesar de esto el
humano, por ser tal, seguirá rebelándose contra ella y resistiéndose a
acatarla. Su espíritu indómito lo llevará siempre a zambullirse en una batalla
que ya sabe perdida de antemano.
Pero
así es el humano: su sed de justicia nunca se sacia.
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